Exposición de un día.
Hace 25 años hice una instalación de un día en la sala de exposiciones de un centro de arte y pensamiento que se llama El Cruce, en Lavapiés, cerca del Reina Sofía. Ese centro sigue existiendo, aunque ha cambiado de sede.
Se llamó “Beauty free” y consistió en tirar al suelo 100 000 pesetas el día que el Banco de España estableció que ya no tendrían valor de cambio.
Todavía tengo guardadas las pesetas sin valor que tiré hace 25 años y quería volver a tirarlas una vez que, ¡por fin!, el Banco de España ha dejado claro que las pesetas no sirven para nada.
La imagen que aporto fue la primera bandera de pesetas, de 1997. Éste es el pasado de esta idea.
En principio quería hacer con ellas una bandera de España en el suelo.
Lo consulté con personas solventes en cuestiones de arte: un profesor de estética, un artista y un galerista. Todos me dijeron algo parecido: usar los símbolos nacionales para arañar al tigre del poder es ya muy cansino.
Por eso NO VOY A HACER UNA BANDERA DE ESPAÑA EN EL SUELO CON PESETAS PARA BARRERLA.
El arte político es banal en su intención y no puede evitar devenir propaganda.
O, en el más inofensivo de los casos, mercancía.
Así como sí creo que el arte, entendido como tarea, resulta siempre político.
Las pesetas son como un material radioactivo. Una vez eliminado su valor de cambio solo queda un 100 % de material simbólico. Ha sido para mí inevitable que cada frase, cada gesto que pensaba o idea que tenía, me llevara a un callejón sin salida y a la pregunta: y tú, ¿de quién eres?
Nacionalista, republicano, rojo, azul, facha, progre, de Podemos o de Vox.
Las pesetas son hoy un depósito de carga simbólica binaria y por eso barrer una bandera de España de pesetas sería para algunos una afrenta, para otros una celebración.
Y mi intención no es ni una ni otra.
La imagen del rey y del dictador es indestructible, forman parte de nuestra memoria. Y será la historia, la que escribiremos como fruto de un pacto social, quien nos libere por fin de esta ambivalencia.
Por eso he decidido no hacer nada. Dejarlas ser lo que son, testimonio físico de un pasado que no se puede borrar y que hay que conocer.
Pretendo contarlas en la sala: quisiera saber cuántas quedan después de pasar tanto tiempo. Pero antes quisiera clasificarlas por metales, extendidas por el suelo.
La forma de esa mancha será la que resulte de las pisadas de los visitantes.
Y, si tengo suerte, me ayudarán a clasificar y contar las pesetas. Sé por experiencia que es tentador manipular montones de monedas.
Quiero que los espectadores decidan si quieren contarlas conmigo, llevárselas a casa, pisarlas o ignorarlas.
Pero quiero que, por ser las últimas pesetas, les recuerden, aunque sea solo por un momento, que hay cosas que son pasado y que no pueden volver a pasar.
Un saludo a quien lo lea.
Joaquín Villa


